El movimiento

Ricardo Milla
Pontificia Universidad Católica del Perú

La palabra movimiento en cuanto tal ha llegado a alcanzar un status político cuasi definido desde hace un poco más de 200 años. Así como la palabra “revolución” en su sentido político nos fue heredada de la física, movimiento tiene cierto origen similar. Pero, más allá de los detalles filológicos del término, pasemos a dar ciertas vueltas alrededor de él comenzando con su propia historia. Quisiera pensar esta aporía del “movimiento” junto con Giorgio Agamben. Veamos cómo el movimiento ha sido un factor determinante para el dominio del pueblo y de cómo, quizá, podría ser una potencia que dejaría abierta posibilidades de emancipación al pueblo mismo.

Una de las revelaciones más tempranas del término movimiento en el terreno de la política –como nos recuerda Agamben- data de 1830, en la Revolución de Julio en Francia. El grupo revolucionario era el partie du mouvement versus el partie du l’ordre. Ya en los años 50 del mismo siglo, la palabra movimiento se usó también para designar la naturaleza dinámica de la sociedad en contraposición a la quietud del Estado.

Pero no es hasta un poco antes, poco después de la Primera Guerra Mundial en que la palabra movimiento adquirirá una connotación fundamentalmente política y, en particular, en relación esencial con el totalitarismo. Como reflexiona Hannah Arendt, la relación entre totalitarismo y movimiento es mucho más íntima de lo que podríamos imaginar. De esta manera, los partidos totalitarios se definían como movimientos antes que como partidos políticos. Ese era el caso del fascismo y del nazismo. Si bien el nombre oficial del partido de Hitler era Nationalsozialistischen Deutschen Arbeiterpartei (NSDAP), era también conocido como nationalsozialistische Bewegung. Incluso, la misma palabra Bewegung (movimiento) sigue causando relativa incomodidad y desconfianza entre los alemanes contemporáneos.

Entonces, ¿de qué manera podemos pensar ahora el movimiento sin (re)caer en ideologías totalitarias y fascistas?

Según Agamben la palabra movimiento fue definida en eso tiempos por un jurista nazi: Carl Schmitt. En 1933 Schmitt escribe un ensayo que lleva como título Estado, Movimiento, Pueblo. Para resumir la idea del texto recurramos a una exégesis de Agamben:

De acuerdo a Schmitt, la unidad política del Reich Nazi está fundada sobre tres elementos o miembros: estado, movimiento y pueblo. La articulación constitucional del Reich resulta de la articulación y distinción de estos tres elementos. El primer elemento es el estado, que es el lado político estático: el aparato de las oficinas. El pueblo es, por el otro lado, el elemento impolítico que crece a la sombra y bajo la protección del movimiento. El movimiento es el elemento político real, el elemento político dinámico que encuentra su forma específica en la relación con el Partido Nacional Socialista y su dirección, pero para Schmitt el Führer es sólo una personificación del movimiento. Schmitt sugiere que esta tripartición está también presente en el aparato constitucional del estado Soviético.

Más allá de las consideraciones valorativas que podemos tener acerca de la teoría de Schmitt (calificándola justificadamente de escandalosa e, incluso, nauseabunda), centrémonos en la teoría misma. En primer lugar, el pueblo es el lugar en que el movimiento ejerce su soberanía. Sólo el movimiento puede venir a ser en tanto en cuanto el pueblo es un devenir impolítico, es decir, en tanto receptor del aparato político estatal. La democracia, por cuanto toma lugar en el ser del pueblo, deja de ser efectiva cuando el movimiento emerge. En segundo lugar, el pueblo es el lugar impolítico, pues es dónde se realiza toda actividad administrativa. El pueblo debe ser administrado: en su crecimiento, en su desarrollo, en su reproducción. Se hace ente viviente. El Estado, como aparato político estático, tiene la tarea de criar a su sociedad, a su pueblo.

No es difícil darse cuenta del carácter biopolítico que toma el pueblo en la teoría de Schmitt, que es una teoría, a fin de cuentas, fascista y totalitaria. Aunque esto viene de más atrás. En el siglo XIX lo que había acaecido, como bien lo demuestran los estudios genealógicos de Michel Foucault, fue una migración del término de pueblo al de población. El pueblo como entidad política devino en población biológica-demográfica. Según Agamben, en esas circunstancias, en que el pueblo se hace impolítico, es que “el movimiento se volvió una necesidad”.

La articulación de Schmitt de movimiento, pueblo y Estado tenía la intención de salvar al pueblo de su mero destino impolítico y, por ende, como lugar objetivo del ejercicio de la biopolítica. Pero, como bien sabemos, el nazismo no sólo ejerció una biopolítica en el sentido de crianza y dominio del cuerpo social, sino que decidió acerca de la vida y la muerte del pueblo: Auschwitz. No obstante, tal vez la intención de Schmitt podría ser repensada. El intento sería –como propone Agamben- “repensar la noción de movimiento” y, creo yo, despojarla de todo rasgo fascista que pueda tener.

¿Es necesario aún pensar el movimiento como un elemento político? ¿Hace falta encontrarle un espacio al movimiento en el pensar de lo político? O, incluso, ¿es posible repensar el término “movimiento”?

No responderé en estas líneas a estas interrogantes, pues son parte de un proyecto de investigación que debe tomar tiempo. Lo que propongo aquí, junto a Agamben, es lanzar la propuesta de repensar el término “movimiento”.

Agamben nos recuerda, muy atinadamente, a Aristóteles. Es conocida la doctrina metafísica del estagirita del acto y de la potencia. Cómo el no-ser de Parménides es en realidad una forma de ser que simplemente aún no se da actualizada: potencia, y cómo el ser es lo que está siendo actualizado aquí y ahora: acto. Pero incluso “dentro” de la misma potencia hay un acto de la potencia en tanto potencia. Ese acto Aristóteles lo llama kinesis, movimiento. La kinesis de la potencia es un acto que sólo actúa en total potencialidad sin llegar a actualizarse. El movimiento, en este sentido, es un acto imperfecto, un acto sin télos. Sólo de esta manera, “el movimiento es la constitución de la potencia en tanto potencia.” Y continúa Agamben: “Pero si esto es cierto, entonces no podemos pensar el movimiento como externo o autónomo con respecto a la multitud. Nunca puede ser sujeto de una decisión, organización, dirección del pueblo, o el elemento de la politización de la multitud o del pueblo.” El movimiento es desplazado del ámbito de la figura mítica del Duce a la internalidad misma del pueblo. Pero esto es sólo una hipótesis, por ahora…

Siguiendo con Aristóteles. Si el movimiento, la kinesis, es un acto sin terminar, entonces –postula Agamben- el movimiento mismo mantiene una relación con una privación. El movimiento como tal es la potencia en tanto potencia de la política y manifiesta una imperfección esencial de ésta misma. Así, la política carecería de télos y de actualización acabada. La política, así como la democracia, es una realidad por venir –como le gustaba pensar a Jacques Derrida.

Definir el movimiento nos otorgaría esa indefinición que necesita la política. ¿Por qué digo necesita? Pues, si la política es pensada como una entidad manipulable –así como fue pensada por los regímenes fascistas y comunistas, entonces se puede cometer las barbaridades que se desee sobre el sujeto mismo de la política: el pueblo. El proyecto de pensar el movimiento en su esencia (im)política nos llevaría a comprender un poco más ese fenómeno que tanto nos llama la atención y al cual llamamos, junto con Foucault, biopolítica.

Mi intención en este blog no es postular verdades eternas, ni en política, ni en ética, ni en ontología, ni en religión. No pretendo decir cómo deben ser las cosas, sino sólo mostrar algunos panoramas y horizontes sobre los cuales –me parece- es acuciante pensar y preguntar.

Repensar el movimiento y tratar de definirlo en su indefinición de potencia que no llega a actualizarse nos podría ayudar también a comprender más las cesuras que se han operado en el hombre, de cómo se ha llevado a este “animal racional” a ser cada vez más un “animal dócil”. Términos tan usados y tan poco comprendidos como “democracia”, “igualdad”, “diferencia”, “tolerancia”, “derechos del hombre”, etc., podrían encontrar un horizonte más atractivo e, incluso, más comprometido si nos embarcamos a repensar el movimiento no como si habláramos del “Ser”, sino como algo que está aquí mismo y ahora, en el pueblo -no en la figura mítica del líder.

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